Los riesgos de no adaptarse a la transformación digital

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La transformación digital es una realidad con varias vertientes: para los nuevos emprendedores cuyos proyectos son nativos digitales, es parte de su cotidianidad, puesto que han crecido a la vez que el desarrollo tecnológico; para las grandes empresas productoras de bienes y servicios, es un fenómeno global que han considerado necesario adoptar, con la finalidad de mejorar su capacidad e incrementar sus ventajas competitivas; sin embargo, para las compañías más tradicionales continúa siendo una incertidumbre, no sólo por sus costes, sino por el giro radical que implica en términos del manejo del negocio.

Muchas compañías convencionales se conforman con tener ordenadores y conectarse a Internet para realizar trámites administrativos; pero de allí a plantearse la digitalización total de sus procedimientos y de la gestión de los clientes, el camino se encuentra bloqueado por una obstinada resistencia o un enfermizo temor al cambio.

Es posible que esta oposición se deba a una percepción errónea sobre el deber de adquirir tecnologías inmediatamente y de implementar de forma inminente un programa de formación para el personal que operará las nuevas herramientas; así como un miedo al fracaso o a perder a sus consumidores actuales.

En este artículo haremos un breve análisis de los principales riesgos que supone postergar la introducción de recursos digitales en las organizaciones.

Quedarse en la zona de confort

Nada es más peligroso para una empresa, hoy en día, que conformarse con su estatus actual; esto es, no modificar en nada su oferta, sus procesos y su forma de gestionar la relación con los clientes. Los directivos de las compañías rezagadas creen que es más seguro mantenerse tal como están… ¡Y se equivocan! Negarse a la automatización es perder la oportunidad de ser más competitivos mediante la propuesta de nuevos productos y el mejoramiento de la calidad de los ya existentes.

En poco tiempo, el sistema de producción de estas empresas se hará más obsoleto y su rentabilidad se mermará drásticamente al ir perdiendo participación en el mercado frente a competidores con más y mejores herramientas. Sus perspectivas de crecimiento, por lo tanto, son nulas y no tendrán que pasar muchos años para verlas sucumbir.

No ofrecer una experiencia del cliente

Las organizaciones eficientes y exitosas compiten en el mundo real y en el virtual. Afrontan las expectativas de un cliente cada vez mejor informado y exigente, gracias a Internet. Independientemente del sector al que pertenecen, no han dudado en trascender su oferta de productos y servicios con experiencias online y offline que refuercen el engagement de los consumidores con la marca y el posicionamiento de su imagen corporativa.

Por el contrario, aquellas compañías que reniegan o no se atreven a complementar su propuesta habitual con diferentes formas de interacción que interesen al consumidor, dejan pasar la ocasión de captar y fidelizar usuarios familiarizados con las nuevas tecnologías –Baby Boomers, Millenials y generación Z- que constituyen una gran mayoría entre los diferentes targets groups.

Decisiones lentas e insuficientes

Algo tan sencillo como un software para medir la respuesta de clientes potenciales a una propuesta de marketing online (descargables desde la red, con diferentes capacidades y a precios razonables), le da a una empresa modestamente digitalizada la ventaja de tomar decisiones rápidas para llevar al usuario a la siguiente fase del customer journey. Éste es apenas un ejemplo.

Las grandes organizaciones han incluido en sus canales interactivos (físicos y virtuales) elementos más sofisticados como Big Data, Inteligencia artificial y analítica avanzada para captar, interpretar datos y reaccionar inmediatamente para introducir mejoras en los aspectos que lo requieran o lanzar innovaciones, lo que mantendrá viva la relación con el consumidor.

Los negocios con una infraestructura tecnológica insuficiente y procesos antiguos deben esperar a que las ventas disminuyan o que las quejas de los clientes aumenten para buscar soluciones. En estos casos, las decisiones suelen llegar muy tarde.

Incapacidad para atraer buenos talentos

Una empresa que asume la digitalización y alinea su modelo de organización a las realidades y exigencias que ésta conlleva, tiene más posibilidades de enriquecer su employer branding y posicionarse entre aquellas corporaciones que atraen a los mejores talentos. La actualización constante del parque tecnológico y en la automatización de los procesos es una condición muy motivadora para los trabajadores más aptos en lo académico y actitudinal, ya que constituye una garantía de retos constantes, formación continua y, por ende, de crecimiento profesional.

En contraposición, las empresas que insisten en mantenerse analógicas tienen dificultades para captar buenos especialistas, pues, aunque ofrezcan ingresos aceptables, la obsolescencia de los sistemas de producción disponibles es una amenaza de estancamiento en toda regla.

Además, el liderazgo de estas compañías –jerárquico y vertical- no entiende la necesidad de una mayor conciliación laboral y no puede ofrecer más opciones al respecto que las establecidas en la legislación, ya que su negativa a evolucionar al mundo digital le impide considerar los beneficios del smart working y los horarios flexibles; mucho menos, conocer las alternativas para dirigir equipos de trabajo en línea.

Mientras más tarde, más costará

Se entiende que los costes de la transformación digital son considerables. No obstante, es impensable aplicar este cambio de un momento a otro y a todos los niveles de la organización. La digitalización es y debe ser un proceso gradual, por etapas y departamentos, dependiendo de su tamaño, estructura y planes de expansión.

Aun así, los directivos que se lo están pensando demasiado deben entender que el momento de empezar la refundación tecnológica de sus empresas ¡es ahora! Si las dificultades financieras son un obstáculo salvable en este momento, es probable que no lo sean más adelante. Y peor sería iniciar este proceso cuando ya no haya nada qué hacer para evitar la debacle.

¡No hay duda: la decisión es digitalizarse o perecer!

 

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